
Dentro de mi pecho, el eco del vacío, sobre mi cara, la sal de unas cuantas lágrimas.
En mis manos, la plena evidencia sobre un hecho irremediable: arrancarme el corazón para entregártelo.
No tenías que amarme, no te había pedido cosa alguna.
Sólo esperaba un poco de tu cariño, una migaja de respeto, una seña que me hiciere sentirme parte de tus pensamientos.
Algo de eso no hubo, sólo tu esquiva actitud, tus miedos y tus rencores hacia el pasado, consumiéndote, dejándote ciega e inadvertida sobre mi amor.
Ahora sólo tengo tu silencio, tu ausencia y esta sensación de sentirme cobijado por un manto de espinas que se clavan en mi piel, produciéndome inmenso dolor, dejándome heridas profundas, pero al final, no tan graves como el acto mismo de tu desamor y egoísmo.
Quisiera castigarte, quisiera obligarte a sufrir justo como lo hago ahora.
¿Qué sabes tu del amor?, tal vez nada, tal vez mucho, pero acaso, ¿importa?, ya no más, pues ya se gesta el dolor donde una vez existió su contraparte.
Ninguna tortura física podría ser comparable a esto. Es increíble como el ser, el espíritu, el alma misma, puede llegar a sufrir de formas insospechadas y mucho más crueles.
Yo lo sé, pues lo siento, lo vivo, lo experimento, justo como si experimentase la sensación del vidrio cortante dentro de mi boca ensangrentada.
Poco a poco voy cayendo más en el cruel tormento. La desdicha va apoderándose de mis fuerzas, la luz va quedándose arrinconada al paso indetenible de la oscuridad.
No te pedí que me amaras, sólo esperaba que me dieras un poquito de tu cariño.
¿Era demasiado?